Pablo llegó a la caja del supermercado del barrio creyendo que había comprado todo lo necesario para la semana.
Mientras pagaba la cuenta, giró la cabeza y vio, al final del pasillo, la figura de un hombre mayor empujando un carrito con sus compras. Algo en esa estampa le resultó familiar. Habían pasado más de cuarenta años, pero aun así era fácil reconocerlo: su presencia seguía intacta.
Era su profesor de Geografía de la secundaria.
Como si hubiera percibido la mirada, el hombre giró lentamente y cruzaron los ojos. Pablo inclinó la cabeza a modo de saludo respetuoso a la distancia. El gesto fue correspondido de la misma manera y ambos siguieron con lo suyo.
Con las bolsas en la mano, Pablo emprendió el camino de regreso a su casa. Entonces un recuerdo lo arrastró a principios de la década del ochenta. Más precisamente a 1981, cuando cursaba segundo año en la Escuela Técnica Básica.
La escuela se destacaba por la calidad educativa, sostenida por docentes rigurosos y exigentes. En los primeros años, el trato con los alumnos era solemne, incluso distante.
Dentro de ese grupo, uno de los que más se imponía era el profesor de Geografía. Alto, de lentes de marco delgado, al ingresar al aula inspiraba respeto… y miedo en quienes no habían estudiado, o al menos repasado el tema del día.
Saludaba al curso con voz intensa y luego iba hasta una pequeña ventana cercana a su escritorio. La abría por completo, incluso en invierno. Sacaba del abrigo un cigarrillo eternamente largo, lo encendía, abría su libreta y elegía uno de los veinticuatro nombres para tomar la lección del día. Recién entonces comenzaba la clase.
Cierto día de agosto, la preceptora anunció que al día siguiente no habría Geografía. El profesor debía realizarse un control médico o algo por el estilo. El curso festejó tanto la noticia que se perdió el final de la explicación.
Pero enseguida aclaró que, como el grupo ingresaba a las seis al taller y la clase era a las ocho, en lugar de ir a la escuela debían quedarse una hora más en el taller de aprendices y recién a las nueve pasar a cursar la materia siguiente.
A la mañana siguiente, mientras estaban en los talleres, minutos antes de las ocho, vieron por una de las ventanas el andar inconfundible del profesor de Geografía acercándose por la calle que conducía a los salones. Se les heló la sangre.
De pronto, como por arte de magia, apareció en la puerta del taller Ramiro, ya cambiado con el uniforme de la escuela, mientras el resto seguía con el mameluco de trabajo. Ramiro Omar no era mal pibe, pero pretendía destacarse. No era el más inteligente ni el más aplicado.
Con tono riguroso dijo:
—Recién llamó por teléfono interno la preceptora. Dijo que tenemos que presentarnos a la clase de Geografía. Yo le pasé el nombre de los que estamos en el taller. El que falte, se hará cargo después.
Y salió corriendo hacia los salones.
Los demás —recordaría Pablo— estaban indignados con la actitud de su compañero, pero agacharon la cabeza, se cambiaron de ropa y se dirigieron al aula. Entraron en fila y en silencio, como ovejas llevadas al matadero. Ninguno había preparado la lección.
En su escritorio, fumando uno de sus largos cigarrillos, estaba el profesor de Geografía.
Sin pararse, saludó. La respuesta del curso fue lánguida.
Tomó la libreta de calificaciones con la mano que sostenía el cigarrillo. El humo detrás de la libreta ajada parecía la bruma de esas películas de terror, justo antes de que el monstruo ataque a su víctima. Con el índice de la mano libre recorrió la lista de nombres hasta detenerse.
Sin mediar más palabras, dijo:
—Pase.
Hizo una pausa. El silencio pareció eterno.
—Pase, Ramiro Omar.
El resto del grupo contuvo la respiración. Todas las miradas se posaron en el elegido, con caras de póker.
Ramiro se levantó titubeante y caminó lentamente hasta el frente del aula. Intentó mantenerse firme, erguido, pero miraba al profesor con ojos que pedían clemencia.
El profesor fue directo:
—Desarrolle la lección del día, señor Omar.
Ramiro movió las manos, chocando la yema de los dedos. Balbuceó. Intentó armar frases que no lograban salir: la oralidad no era su fuerte.
Los segundos se volvieron interminables. Hasta que el profesor puso fin a la agonía:
—Está bien. Se nota que no se preparó. Tome asiento.
Luego se dirigió a la clase:
—Saquen el libro y vayan a la página donde quedamos la clase anterior.
Antes de entrar en tema, y cuando Ramiro ya estaba en su lugar, agregó:
—Se puede ser cualquier cosa en la vida, señor Omar… pero poco se puede lograr siendo un alcahuete.