Alberto había llegado un poco más temprano de lo pautado al café.
Pablo ingresó puntualmente a las diez y se dirigió, con una gran sonrisa, hacia la mesa que ocupaba su amigo. Se confundieron en un abrazo y, ahora sí, se desearon feliz año nuevo como correspondía: cara a cara y no con un mensaje de texto.
Ese saludo rompía una sequía de encuentros. Ambos venían con ganas de verse, como en otros años, para compartir una charla tranquila a la mesa de un café.
Luego de los saludos y de convocar al mozo, pidieron café negro para Pablo y cortado para Alberto. La charla comenzó a fluir con naturalidad, como si el tiempo y la distancia no hubieran hecho mella en la amistad.
Se pusieron al día con temas personales, laborales y algunas noticias de ocasión, hasta que Alberto preguntó, con la confianza de siempre:
—¿Y tu vieja, cómo anda?
Pablo respondió agradecido:
—Bien, por suerte.
Alberto no dejó pasar la oportunidad:
—Decile que extraño sus budines.
Ambos rieron al recordar aquellos tiempos en los que Alberto tenía su oficina en el centro de la ciudad y Pablo hacía escala diaria por ahí. A veces eran mates, otras café, pero casi siempre había algo casero que su madre mandaba para compartir antes de seguir con las visitas a los clientes de la zona.
—Le voy a decir —acotó Pablo—. Seguro me manda algo para que te alcance. La verdad es que cuando faltó el viejo nos preocupamos con mi hermana, pero a sus ochenta y pico sigue muy activa.
Alberto asintió.
—Claro, Pablo. Mientras siga activa, se mantiene joven de espíritu, viste.
—Sí, por supuesto —confirmó Pablo—. Imaginate que se encargó ella misma de preparar la cena de fin de año.
—Una genia —resaltó Alberto.
—Obvio. Mi hermana con su familia y yo colaboramos con las compras, pero la cocina estuvo a su cargo. Y la verdad es que fue un mimo que necesitaba, después de un año como el que terminó. Te digo que llegué con lo justo a diciembre, no me sobró nada. De mitad de año para acá fue tremendo.
Alberto, que escuchaba atentamente y sacando a relucir sus conocimientos en astrología, dijo:
—Fue un año complejo. Pero todo estaba escrito en el cielo.
Pablo abrió los ojos y miró fijamente a su amigo, tratando de seguir la idea sin interrumpir. Al notar su expresión, Alberto continuó:
—Viste, Pablito, que cuando algo sale perfectamente bien se dice: “Se alinearon los planetas”. Bueno, en este caso… todo lo contrario. A mitad de año hubo un alineamiento planetario poco habitual, además en conjunción con la luna. Eso provocó desastres climáticos, tsunamis, terremotos y tormentas eléctricas en todo el planeta. Hubo pérdidas económicas, pérdidas de vidas. Y el resultado fue este: durante meses la energía de las personas se fue perdiendo. Eso es lo que te pasó a vos, Pablito. Y le pasó a todo el mundo.
Cuando Alberto terminó de redondear su idea, notó que su amigo esbozaba una sonrisa.
—No te rías —dijo—. La astrología es una ciencia, flaco.
Pablo, sin lograr despojarse de la sonrisa, intentó explicarse:
—No, Albert. No me río de vos ni de la astrología. Es que me hiciste acordar de un comentario de mi vieja, en el brindis de Año Nuevo.
Al ver que su amigo quedó a la espera de la historia, continuó:
—Brindamos y, cuando me abrazó, me dijo: “Tranquilo, Pablito, este año va a estar mejor”. Yo, casi sin pensar, le respondí: “Ojalá, vieja. Esta última parte del año me dejó sin fuerzas”. Entonces ella, muy seria, me dice: “Claro, con lo que te pasó cuando te fuiste de vacaciones de invierno”.
Yo, tratando de hacer memoria entre tantas cosas y con las burbujas del brindis encima, le pregunto: “Che, vieja… ¿a qué te referís con lo que me pasó cuando me fui de vacaciones?”
Mientras se sentaba y apoyaba la copa de champán sobre la mesa, me suelta la frase:
“Pablito, te robaron la energía”.
En ese momento me quedé sin palabras. ¿Mi vieja, a sus ochenta años, le había pegado para el lado místico? ¿Estaba viendo algo que yo no?
Entonces me senté a su lado y, mirando directamente esos ojos marrones detrás de los cristales de sus lentes, le pregunté:
—¿Cómo… cuándo me robaron la energía?
Y ella me respondió con total seguridad:
—Cuando te fuiste de vacaciones… ¿no te acordás que te robaron el medidor de luz?
Los dos amigos estallaron en una carcajada, mientras Alberto le hacía señas al mozo para otra ronda de café.