Yo he leído a Borges y sé que las historias van en círculos, que se resuelven como en espíritu, de las maneras más misteriosas. Sin embargo, jamás he experimentado en carne propia la euforia de resolver el rompecabezas en que la respuesta llega antes que la pregunta. Jamás he podido sopesar esa clase de pensamientos, pues me considero una persona más bien mundana. Todo eso cambiaría un día, sin embargo, en que lo sobrenatural llamó a mi puerta de la forma menos sospechada.
Corría Diciembre del año 2005 cuando le ví por primera vez. El joven iba desgarbado, con todo el aspecto de haber recién salido de una pelea. Moretones, cortes, sangre cayendo del labio. Yo reparé en él. Nadie más lo hizo, por algún motivo. Siempre asumí que la noche de la Capital era muy ocupada para pensar en un pobre desgraciado.
No podría haber estado más equivocado. Años después me metí en una pelea, en un bar, por una chica con la que me puse a conversar. El tipo era más bien joven, pero me llevó la contra. Cuando terminó la escaramuza, me sorprendí viéndole igual al que había visto años atrás.
Antes de que pudiera decirle nada, salió por la puerta trasera, que no había visto jamás en todos mis años de frecuentar el sitio. Le pregunté al dueño hacia dónde daba esa puerta.
“Lejos.”, me respondió, con una sonrisa mordaz.
Preferí no usarla. Y no he vuelto desde entonces.
JUAN BULACIO