Especial

La Palabra del Domingo

Rufino Giménez Fines

Cada chispa cuenta

En este V domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, corresponde la lectura del Evangelio según San Mateo, Capítulo 5, versículos del 13 al 16: “Ustedes son la sal de este mundo. Pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo seguirá salando? Ya no sirve más que para arrojarla fuera y que la gente la pisotee. 14 Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada en lo alto de una montaña no puede ocultarse. 15 Tampoco se enciende una lámpara de aceite y se tapa con una vasija. Al contrario, se pone en el candelero, de manera que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Pues así debe alumbrar la luz de ustedes delante de los demás, para que viendo el bien que hacen alaben a su Padre celestial”.
 
Con estas palabras, Jesús nos invita a dar sabor e iluminar nuestras vidas haciendo el bien y, de ese modo, dar sabor y luz a la vida de los demás, en un ida y vuelta continuo y fecundo. Para expresarlo, utiliza dos imágenes sencillas y esenciales: la sal y la luz, realidades cotidianas e indispensables tanto en su tiempo como en el nuestro.
 
En tiempos de Jesús, la sal no era un simple condimento. Era un bien valioso y estratégico: se usaba como moneda de intercambio —de allí viene la palabra salario—, servía para conservar los alimentos en un mundo sin refrigeración, era signo de alianza estable y fidelidad en la Biblia, y se utilizaba incluso para purificar y sanar, aunque a veces incomode y provoque ardor. La sal auténtica no se exhibe: se mezcla, se disuelve, y justamente por eso sostiene la vida. Cuando la sal perdía su calidad, no solo dejaba de servir: ocupaba lugar sin cumplir ninguna función y era descartada.
 
Por si esta imagen de la sal no alcanzara, Jesús añade otra aún más contundente: “Ustedes son la luz del mundo”. Si estamos encendidos, no es para ocultarnos ni disimular lo que somos, sino para alumbrar a otros. La luz no se posee para uno mismo: se administra en la medida en que se comparte. Y la generosidad es uno de los signos más claros de esa iluminación interior que cada uno cultiva.
 
Esta invitación, Jesús la dirige inicialmente a un grupo concreto: sus discípulos, su “equipo”. Y es que el cristianismo, no se trata de individualismos, sino de una misión compartida. También hoy, como Iglesia, estamos llamados a vivir con esa lógica: confiar unos en otros, dejar de lado mezquindades, servir al bien común.
 
Pero Jesús no propone esto como una carga ni como una obligación moral. No se trata de cumplir normas, sino de dar testimonio desde una vida reconciliada, validando con nuestras acciones —y con la paz que transmitimos— que estamos recorriendo el camino correcto: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Así nos convertimos, verdaderamente, en la sal que sazona y en la luz que ilumina.
 
Por eso, este llamado es también de compromiso y responsabilidad. Y es que no podemos guardar para nosotros lo que hemos recibido. Estamos llamados y habilitados a compartirlo, especialmente con quien quiera ver y quiera escuchar. Tenemos que dar fe y testimonio de que Jesús está vivo, que sigue guiando y sanando. Y no debemos temer preguntarnos de dónde sacaremos fuerzas para esta tarea, porque hay una verdad simple y profunda: hacer el bien, hace bien.
 
No hace falta haber presenciado un milagro para anunciar la Buena Noticia. Todos tenemos algo para ofrecer, empezando por un simple gesto empático como puede ser una palmada sobre el hombro del que pena. Y es que cada grano de sal cuenta, cada chispa encierra la posibilidad de encender al más aislados de los faros. 
 
En el Evangelio según San Marcos encontramos una expresión fuerte de Jesús: “Todos serán salados por el fuego” (Mc 9,49). No es el mismo episodio, pero sí un símbolo emparentado y llevado al extremo. El fuego remite a una purificación que quema lo que no sirve; la sal, a aquello que preserva y da consistencia. No hay transformación sin ese paso áspero. Por eso Jesús concluye: “Tengan sal en ustedes y vivan en paz unos con otros” (Mc 9,50): una paz que no nace de evitar el conflicto interno, sino de permitir que se queme en nosotros lo que no es verdadero.
 
Estas imágenes no surgen de la nada. Vienen del Antiguo Testamento, donde todo sacrificio debía ser salado para ser agradable a Dios, y toda alianza firme se sellaba con sal. No por mérito propio, sino por llamado, nuestra vida está destinada a ser ofrenda y vínculo.
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Algo semejante ocurre con la luz. Pensemos en un apagón nocturno: encendemos una vela y, acto seguido, la cubrimos con un cajón. ¿De qué serviría? En la lógica del Evangelio, la luz es para compartirse, porque solo así se multiplica. Por eso Jesús afirma sin rodeos: “Ustedes son la luz del mundo”. No para escondernos, sino para brillar con una conducta activa, sin encerrarnos en nuestro interior. Ya el profeta Isaías había anunciado esta promesa, 7 siglos antes de Cristo: “Los pueblos caminarán a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada” (Is 60,3).
 
Hablamos entonces de una comunidad que, actuando en equipo, elige ser solidaria, construye paz y justicia con sus obras y resplandece para la gloria de Dios. Hablamos de dejar de lado lo accesorio y lo intrascendente, poniendo siempre por delante la lógica del amor. De eso se trata la conversión: aprender a mirar la realidad desde ese lugar y concentrarse en lo importante.
 
No se trata solo de palabras bonitas. Este es el camino hacia la paz interior que todos anhelamos. Porque nadie se salva solo, y quien cree lo contrario todavía está lejos de comprender qué significa la verdadera iluminación. Por eso, no dudemos en vivir las bienaventuranzas, fortalecidos por el amor y conscientes de que somos hijos amados del Padre.
 
Cuando Jesús nos llama sal y luz, no está describiendo un mérito, sino la potencialidad que abre la conversión: ser instrumentos que “preparan el camino” para que su gracia se multiplique entre nosotros. Ser sal y ser luz es dar sin pretender controlar el resultado, confiar aun cuando no veamos respuesta, como quien planta un árbol sin especular si llegará a gozar de su sombra o de sus frutos, sabiendo que ya vive a la sombra y de los frutos de árboles que otros plantaron antes.